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Creer en la Iglesia
Hemos oído tantas veces la frase "Yo creo en Dios, pero no en la
Iglesia"... Pero nos sorprendemos al descubrir lo poco que sabemos tanto de
Dios como de la Iglesia. Reflexiones sobre un sentir común, con poco sentido
común.
“Creo en Dios, pero no en la Iglesia ni en los curas”.
Nos suelta un amigo ¡Caray! Uno es libre de creer o no creer, de ser católico
o budista, agnóstico o creyente, capitalista o comunista… o del equipo de fútbol
que le plazca. Todos nos merecen respeto cuando actúan con honestidad. Pero,
quien dice creer en Dios, y se llama cristiano, y además es persona de cierta
cultura, no puede quedarse "en medio". Además, nos miró por encima
del hombro y con un gesto de paternal benevolencia, sonriente, consideró con
esa parrafada, justificada una faceta particular de su vida. ¿Qué quiso decir
este amigo nuestro? ¿Sabía lo que decía? ¿Se trata de una de esas tonterías
que todos decimos de vez en cuando? ¿Se imaginan a este caballero diciendo: Yo
creo en el socialismo, pero no en los socialistas. Más que oponerse a la
Iglesia, al P.P., al PSOE o a cualquier otro partido político del país que sea
se oponen a la idea que ellos tienen de estos organizaciones. La realidad tiene
muy poco que ver con sus ideas, frutos de prejuicios que pululan en el ambiente
y de una escasa formación. No han leído a los Evangelios, ni a Marx, ni a
Hengel, ni se han preocupado de leer los escritos del Papa o los programas de
los diferentes partidos. Se limitan a “hablar alto y fuerte” de todo lo que
no entienden, lo que constituye un insulto mental a cualquier inteligencia.
La experiencia nos indica que esto que se dice de la
institución Iglesia a nadie se le ocurre decirlo sobre cualquier otra institución,
por ejemplo:
- A ningún obrero o empleado se le pasa por la cabeza creer
en el trabajo, en su empresa, pero no en el jefe, técnicos, capataces,
edificios, oficinas, etc.
- A ningún militar se le ocurre que pueda ir a la guerra sin
generales. jefes u oficiales, armas, instrucción, cuarteles,… ni que se
pueda desobedecer a los jefes.
- No se puede creer en el fútbol pero no en los futbolistas,
directivos, las reglas del juego, entrenadores ni en los campos de juego.
- No se puede creer en la enseñanza, pero no en los
profesores, ni en la necesidad de escuelas.
Sin embargo, seguiremos yendo al trabajo aunque no nos gusten
los jefes, y a la escuela aunque los profesores no sean buenos, y a la guerra
aunque nos desagraden los mandos; pero, curiosamente, si no nos gustan algunos
curas nos vamos de la Iglesia. ¿No será esto una excusa para justificar
nuestra forma de vida? No perdamos el tiempo: No existen los jefes ni las leyes
hechas a gusto de cada uno.
Siguiendo por este camino, estiman que no hacen falta
sacerdotes, templos ni liturgias. A ellos les basta hablar directamente con
Dios de tu a tu. Cosa que, por supuesto -pero nunca te lo dicen-, tampoco
hacen. Creen en Dios y están dispuestos a seguirle, pero a su manera, como a un
Dios del que podamos disponer a nuestro antojo.
La Iglesia es una institución divina, pero está regida por
hombres con todas sus virtudes y defectos. Cristo prometió ayuda a su Iglesia
hasta el final de los tiempos, pero no aseguró la fidelidad ni la sensatez de
sus miembros, a quienes dejó libres de aceptar o no sus mandamientos. Incluso
el propio Cardenal Joseph Ratzinger dijo una vez un símil muy profundo "La
iglesia es como la luna: tierra, rocas y desierto, pero que desde la tierra es
un bellísimo cuerpo celeste que nos ilumina en la noche, aunque su luz no sea
propia". Efectivamente, la Iglesia es tierra, rocas y desierto. Pero también
es un cuerpo celeste de belleza incomparable que ilumina nuestras noches con la
luz de la fe. La Iglesia entre más se le conoce, más se le ama, y más
profundamente se comprende por qué es el Cuerpo Místico de Cristo.
Cualquiera que en conciencia se considere cristiano,
socialista, comunista, budista, o lo que sea, cumplirá las leyes
correspondientes y obedecerá a sus jefes, o si no está de acuerdo, se larga o
le largarán con su música a otra parte.
Para los católicos – que es para quienes escribimos en
esta ocasión- lo que es o deba ser la Iglesia y nuestras relaciones con Dios,
solo se rigen por las palabras de Cristo en sus Evangelios, en los Hechos y Epístolas
de los apóstoles y en la tradición cristiana contrastada históricamente. En
la Religión, como en la mili, en la enseñanza o en el trabajo nadie puede ir
"por la libre". Del Evangelio de San Mateo entresacamos un párrafo
esclarecedor:
En cierta ocasión, Jesús responde: “ Y yo te digo a ti
que tú eres Pedro, y sobre esta piedra “edificaré yo mi Iglesia”, y las
puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del
reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y
cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos”. Más claro ni el
agua. Jesucristo mismo instituyó la Iglesia. No es un invento humano, ni los apóstoles
se dieron cuenta del "valor político" o las supuestas riquezas que la
Iglesia podría tener. Siguieron el mandato de Jesús.
Queda muy claro, que Jesús funda “su” Iglesia sobre
Pedro, y que otorga a Pedro autoridad para legislar y gobernar sobre la tierra.
Por tanto, querido amigo, las palabras de Jesús se creen o no; pero si se
creen, como decíamos en la mili: "Punto en boca y cartucho al cañón".
La Iglesia como institución humana no habría prevalecido durante muchos años.
Pero en XX siglos es la institución más antigua que conocemos en la tierra.
Antes de hablar, hay que estar informados. Para hablar de la
Iglesia hay que saber eclesiología e historia de la Iglesia, para hablar de
Dios hay que saber al menos teología dogmática, teología moral y teología
sacramentaria con una profunda (y constante) vida de oración. De otro modo se
habla "de oídas".
La moraleja de esta historia es que hay que conocer antes de
hablar. Y hay que conocer a fondo la Iglesia, o de otro modo la opinión
"Yo creo en Dios, pero no en la Iglesia" es, a lo menos, frívola y
superficial.
Por Alejo
Fernández Pérez
Con la
autorización de: www.encuentra.com
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