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¿Qué es el fundamentalismo?
¿Es fundamentalista el fanático o quien se niega a escuchar razones? Un
análisis para conocer la naturaleza del concepto y cómo se aplica en el
terreno religioso, político o social.
Por Robert
Spaemann
¿Qué es un fundamentalista? «Alguien que niega todo
discurso, un fanático con el que no se puede hablar» Ésta sería la definición
crítica del fundamentalismo. Otra de carácter apologético diría quizá: «Un
hombre para el que algo es sagrado, y que no está dispuesto a negociarlo» De
este modo podemos dibujar los contornos del problema que en nuestra civilización
se esconde tras el término fundamentalismo.
Origen del fundamentalismo
El concepto ha dejado su ámbito de origen hace mucho tiempo.
Pero hay que tener presente ese ámbito, para comprender este fenómeno
universal. Fundamentalistas eran, en primer lugar, los protestantes americanos
que—en contra de la ilustración científica y la hermenéutica teológica—insistían
en tomar al pie de la letra la Biblia y, especialmente, lo que dice sobre la
creación, rechazando la teoría moderna de la evolución. El problema adquirió
relevancia política con la cuestión de si el sistema educativo del Estado podía
favorecer alguna de esas opiniones, concretamente, la teoría de la evolución.
Es bueno dejar claro que un fundamentalismo suficientemente
radical no entra en conflicto ni con la lógica ni con la experiencia. Desde
David Hume sabemos que el common sense extrapola la validez de las leyes de la
experiencia hacia el pasado y hacia el futuro, y esto hasta ahora nos ha ido
bien. Pero no es posible hallar ni rastro de un argumento convincente contra
aquellos que afirman que un día dejará de irnos bien, o que las leyes de la
naturaleza empezaron a tener vigencia exactamente hace seis mil años, porque en
aquel momento fue creado el universo, junto con su «pasado»—irreal—,es
decir, junto con los fósiles. También en sueños vemos con frecuencia un
pasado que trasciende la actualidad soñada, pero que es esencialmente pasado y
nunca fue presente. E incluso dentro de la época en la que rigen nuestras leyes
de la naturaleza, éstas no deciden sobre las excepciones, es decir, los
milagros. Sólo dan la medida de su improbabilidad, pero esa medida carece de
interés para lo que es esencialmente único. El sentido, visto como un todo,
siempre es algo improbable, y una fe que se refiere al sentido de un
acontecimiento se refiere por tanto, precisamente a lo inverosímil.
El fundamentalismo cristiano es un fenómeno en gran medida
protestante. «Que dejen prevalecer la Palabra y no se les dé las gracias por
ello...» Este verso de Lutero presenta la Reforma como un movimiento
fundamentalista, de regreso a los orígenes, lo que significa, sobre todo,
regresar a las Sagradas Escrituras. Detrás de este movimiento latía la
convicción de una falta de autenticidad de la corriente surgida en esa fuente,
y de la falta de competencia de la instancia de interpretación que pretendía
unir constantemente la evolución del cristianismo con su origen.
Toda tradición es al mismo tiempo historia de la
interpretación. Sócrates, preguntado acerca de por qué no escribió nunca un
libro, respondió: «Un libro está indefenso, siempre precisa que su padre
acuda en su ayuda.» Allí donde esta ayuda no se produce, mediante la delegación
de poderes a una instancia que interprete—«quien a vosotros escucha, a mí me
escucha»—,se puede cuestionar la legitimidad de la evolución de esa
doctrina. Siempre puede y tiene que ver revisada por cada individuo. Pero la última
instancia de revisión tiene que ser el propio texto, y a su vez éste sólo se
da como interpretado, porque leer es ya interpretar. El fundamentalismo cree
poder sustraerse a este círculo hermenéutico, que parece tornar todo
arbitrario y todo —hasta el ateísmo compatible con la Biblia, mediante una
literalidad del texto aparentemente libre de interpretaciones. «Que dejen
prevalecer la Palabra...»
La historia enseña que de tales lecturas literales de
determinados textos siempre han emanado impulsos de revitalización y renovación
de tradiciones. Como ejemplo, puede bastar San Francisco con su interpretación
literal de algunas partes del Evangelio referidas a la pobreza. Pero igualmente
claro es que cada una de estas reformas tenía a su vez que constituir algo así
como una ortodoxia, es decir, una tradición interpretativa vinculante y
fundante de una identidad.
Naturalmente, en el protestantismo la ortodoxia siempre ha
tenido un estatuto precario, porque los escritos en los que se basa no pueden
apoyarse por su parte en una autoridad interpretativa específica, basada en la
escritura. De este modo, la ortodoxia protestante siempre estuvo amenazada por
dos lados: por el lado de la crítica histórica o la ilustración científica y
por el lado del utopismo, que invoca directamente el testimonio del Espíritu
Santo en el iluminado lector de la Escritura. La ortodoxia, en cambio, es una
construcción intelectual católica. Presupone una instancia legitimadora de la
evolución de la doctrina, es decir, una instancia que se remonte al origen y la
tradición. El fundamentalismo es, por así decirlo, su contrafigura «protestante».
El tradicionalismo católico
La contraprueba de esta tesis es el tradicionalismo católico
del arzobispo cismático Lefebvre. Él adoptó de hecho una postura
fundamentalista, pero no en relación a la Biblia, sino en relación a antiguas
manifestaciones doctrinales de la Iglesia que parecen difícilmente compatibles
con las declaraciones del Concilio Vaticano II, sobre todo las referidas a la
libertad religiosa. Sin duda, el Concilio ha declarado que «la doctrina, que
nos ha sido transmitida de la obligación moral del hombre y las sociedades
respecto de la verdadera religión y la única Iglesia de Jesucristo, permanece
inalterada», pero no ha hecho intento alguno por garantizar la continuidad de
la tradición y con ello la propia legitimidad haciendo que las nuevas
manifestaciones mantuvieran una relación de re-interpretación con las
antiguas. De este modo, era provisible el recurso fundamentalista a la validez
«literal» de anteriores manifestaciones doctrinales eclesiásticas,
aparentemente necesitadas de interpretación. Naturalmente, el fundamentalismo
católico está en una situación tan trágicoparadójica como la ortodoxia
protestante. Si el primero presupone de hecho un magisterio auténtico, esta última
presupone el libre examen de los textos canónicos, es decir, un principio
protestante.
El fundamentalismo islámico
Esta frase: «que dejen prevalecer la Palabra» podría
servir también como grito de guerra de aquellos musulmanes que en Occidente se
califica de fundamentalistas. También el fundamentalismo islámico es la reacción
a la ruptura de una tradición y a la crisis de un identidad legitimadora de una
evolución. Para que los cambios culturales puedan ser entendidos como progreso,
hay que tener escalas que permitan distinguir las mejoras de los empeoramientos.
Tales escalas aseguran la identidad, al unir la evolución a los propios orígenes,
al entenderla como «cumplimiento» de lo que se ha dicho desde el principio.
En sus tiempos de grandeza, el Islam desplegó un poderoso
potencial creativo, filosófico y científicoartístico, superior en su época
al del Occidente cristiano. Sin embargo, la moderna revolución científico-técnica
no ha surgido en suelo islámico, sino que ha irrumpido en éste desde fuera, la
mayoría de las veces bajo el signo del colonialismo. No fue casualidad que el
tenebroso y sangriento fundamentalismo tuviera su centro en el país al que un déspota
ilustrado había sido el primero en importar ideas occidentales de reforma
agraria, tecnocracia, emancipación de la mujer y alfabetización. La
truculencia del régimen iraní y el desafío a la comunidad de Estados
civilizados producido por la llamada al asesinato de un escritor, no dejaron
lugar a duda sobre la seriedad del fenómeno. La peligrosidad es tan sólo la
otra cara de una pretensión seria.
Un ciudadano occidental medio difícilmente puede imaginar
que alguien se tome en serio el honor de Alá y el respeto a lo que los
creyentes consideran una revelación divina. El hecho de que la revelación
tenga en el Islam la forma de la transmisión de un libro, y no como en el
cristianismo—la de la aparición de un hombre, hace del fundamentalismo, de la
«literalidad», de la sola scriptura, un fenómeno genuinamente islámico, y de
la cuestión de cómo «el padre puede venir en ayuda del libro» una cuestión
abierta. Sólo una autoconciencia recobrada y fortalecida dará a los pueblos
islámicos la tranquilidad, que es la única que puede hacer posible algunas
respuestas creativas.
Fanatismo y funcionalismo
La civilización occidental preparó desde el siglo XVII el
vocablo despreciativo «fanatismo» para aplicarlo a las convicciones
incondicionadas, que escapaban al discurso universal. Al principio la palabra
fue empleada por los católicos contra los protestantes, después por los
protestantes ortodoxos contra los utopistas y, por último, por los
protagonistas de la ilustración contra toda forma de fe revelada. El Islam
pasaba por ser la forma de fe revelada más resistente a la transformación en
«religión natural», y por tanto—como dijera Voltaire—,el prototipo del
fanatismo.
El fanatismo es la contrafigura del ideal del imperio de la
razón, es decir, del discurso universal, racional y sin presupuestos sobre lo
verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo. Un discurso así debía ser posible y
fecundo porque la razón, como escribió Descartes, es la cosa más
uniformemente repartida del mundo. Imperio de la razón y derechos humanos parecían
ser casi sinónimos. El historicismo del siglo XIX nos ha hecho conscientes de
que el universalismo de la razón, los derechos humanos y la ciencia misma sólo
pueden surgir en el territorio de una determinada cultura, con presupuestos muy
específicos. El relativismo cultural del siglo xx afirma que estos postulados
permanecen ligados a sus presupuestos históricos, es decir, que precisamente no
pueden pretender una vigencia universal. En este sentido, hace algunos anos que
Georg Picht salió al paso del universalismo de los derechos humanos como la
expresión tardía de una metafísica fracasada en Europa. No tomaba en
consideración que, para aquel que ha sido privado de ellos, la evidencia de los
derechos humanos podría ser quizá un argumento a favor de la metafísica que
llevan implícita. En la medida en que el universalismo europeo se emancipa de
sus propios fundamentos, se autodisuelve. El resultado de esta autodisolución
es un concepto teórico de racionalidad que se refleja sólo en la funcionalidad
de los elementos del sistema y en los eventuales impulsos a la evolución
producidos por las disfuncionalidades.
El funcionalismo es una forma de pensar que, al entender
todos los contenidos como funciones, los hace sustituibles por sus equivalentes
funcionales. Convicciones dogmáticas, veredictos morales incondicionales —por
ejemplo, frente a la tortura o el aborto , vínculos personales irrevocables,
son cuerpos extraños en una civilización funcionalista. Sólo es capaz de
entender los problemas morales que plantea la tecnología genética en términos
de aceptación, pero no contribuye en nada a legitimar o impedir esa aceptación.
Libertad y dignidad le parecen, a un cientifista ilustrado como Skinner,
reliquias fundamentalistas que sólo pueden ser un impedimento en la construcción
de una sociedad satisfecha y funcional. Se consideran obstáculos, como lo era
para el teórico moderno de la soberanía, Thomas Hobbes, la frase bíblica «hay
que obedecer más a Dios que a los hombres».
Fundamentalismo y nacionalismo
Una civilización que rompe de manera rotunda con sus orígenes
provoca un fundamentalismo radical, que se remonta a toda la tradición histórica
de Europa, y es el biológico. Este comienza ya a finales del siglo XIX. El
cristianismo había pedido a los pueblos de Europa que se dejaran adoptar como
«gentiles» por una nueva genealogía, que llamaran a Abraham «nuestro padre»
e imitasen a sus reyes David y Salomón. El reino de los alemanes no había sido
un reino alemán, sino el mismo Imperio Romano. Liberado de esta historia «colonial»
e «invasora», el fundamentalismo biológico esperaba el despliegue del genuino
potencial de la raza céltica o germánica. El nacionalsocialismo fue la primera
toma de poder del fundamentalismo naturalista, que, aunque hijo de la ilustración
cientifista, contemplaba su universalismo racional en materia de derechos
humanos como parte de la herencia judeo-romana que había que superar.
Por lo demás, el nacionalsocialismo fue una enseñanza
respecto al destino que espera a todo fundamentalismo que alcanza el poder político:
dejar de ser fundamentalismo (esto también es válido para el Islam). No por
casualidad Hitler hizo reescribir la historia en la segunda mitad de su período
de gobierno imperialista: Carlos, el «asesino de los sajones», volvió a ser
«Carlomagno», y fueron precisamente los nacionalsocialistas los que eliminaron
la antigua escritura germánica y la sustituyeron por la latina, usual en el
resto de Europa, de forma que hoy los niños ya no saben leer las cartas de
juventud de sus abuelos.
El fundamentalismo verde
El fundamentalismo biológico ha sobrevivido a su variante
nacional, estatal-terrorista, y ha acogido en su seno nuevos motivos. También
el fundamentalismo verde es un movimiento de deslegitimación. Se deslegitima
una evolución civilizadora en nombre de algo originario, elemental, que en esta
evolución no se desplegó, sino que fue reprimido y negado. Este algo
originario ya no son las razas humanas, sino las especies naturales de la
Tierra, y entre ellas la especie homo sapiens y sus amenazadas condiciones
naturales de supervivencia. Este movimiento es fundamentalista en tanto que
rechaza toda mediación social-histórica para su escala de valores. El si tema
social de las culturas más avanzadas se basaba, desde su punto de vista, en la
represión de la naturaleza y, por así decirlo, de la mujer como representante
de la naturaleza dentro del sistema social. El racionalismo europeo no sería
sino la culminación de tal historia de represión, que habría marcado y
envenenado de forma sexista nuestras estructuras lingüísticas.
La fuerza de este nuevo fundamentalismo estriba en un hecho
indiscutible y en una opinión igualmente indiscutible. El hecho: el sistema
industrial ha llevado al límite de lo tolerable nuestras condiciones naturales
de vida. Eso ha hecho que por primera vez, éstas sean tematizadas, y que se
tome conciencia de que todos los seres humanos estamos en el mismo barco en lo
que a este peligro se refiere. La opinión: en este sentido, lo bueno y lo malo
son magnitudes más o menos fijas. Son como son, independientemente del consenso
o aceptación de que gocen. Si en relación a las condiciones de supervivencia
tiene lugar un consenso y aceptación erróneos, posiblemente sea demasiado
tarde para aprender del error.
En este sentido, estamos ante uno de los muchos retornos
inevitables del Derecho Natural, es decir, de lo correcto e incorrecto «por
naturaleza». Cuando el fundamentalista no negocia algo es porque no está a su
disposición. Rousseau decía que si los Estados infringían el Derecho Natural
caerían en un estado de caos hasta que «la invencible naturaleza de las cosas
vuelva a tomar el poder». Rousseau, al afirmar esto, pensaba en el caos social
y político. Para los fundamentalistas verdes, el caos social es preferible, en
determinadas circunstancias, a un orden social que produce tanto más caos
externo cuanto más perfecta es su organización interna. Sin duda, también aquí
vencerá al final «la invencible naturaleza de las cosas», pero en
determinadas circunstancias eso llevará consigo la desaparición del homo
sapiens de la superficie de la Tierra.
Del hecho de que las condiciones de supervivencia no dependen
de él, el fundamentalista deduce, equivocadamente por otra parte, que tampoco
sus ideas al respecto están disponibles para ser corregidas, y del hecho de que
la verdad no admite compromisos deduce que los compromisos siempre serán malos
a la hora de alcanzar lo que cree correcto.
En relación con esto, también es muy instructiva la forma
de entender los derechos humanos del fundamentalismo verde. En primer lugar, está
determinada por la tendencia a hacer desaparecer la diferencia entre derechos
civiles y derechos humanos. Ni el pasado histórico común, ni la comunidad lingüística,
ni la disposición para formar parte de una comunidad solidaria con fines a
largo plazo definen de manera relevante la unidad política, sino la categoría
puramente natural de la «afectación» común actual. Esta concepción se
vuelve explosiva cuando se une a una idea de los derechos humanos que no los
entiende como derechos de defensa, sino como derechos de exigencia
incondicionados de cada persona, ejecutables directamente. Por ejemplo, el
derecho de ser acogido en nuestra comunidad—por principio en toda—mientras
la acogida del «afectado» se vea como una mejora de su situación vital, es
decir, mientras se eliminen los declives de sus expectativas de vida,
condicionados histórica y geográficamente, y la ley de la entropía de la
sociedad mundial nivele todas las estructuras de la «buena vida».
Fundamentalismo político
El fundamentalismo político está en estrecho contacto con
lo que Max Weber llamaba «ética de la convicción». En todo caso, parece que
la distinción entre «ética de la convicción» y «ética de la
responsabilidad» no existe en realidad. Weber llama «ética de la
responsabilidad» a la que desarrolla una acción política que quiere alcanzar
o provocar a medio plazo situaciones que considera deseables en el área
limitada que le ha sido confiada. En cambio, la «ética de la convicción» es
o bien la que contempla la responsabilidad como directa y limitada, es decir,
que hay un responsable del resultado de una acción concreta, por ejemplo, la
muerte de un hombre, o bien la que pone sus acciones al servicio de una
estrategia a largo plazo en el marco de una visión global de los objetivos, y
cuya justificación escapa, por tanto, a la valoración del common sense.
Weber mostraba mayor respeto por la «ética de la convicción»
en el primer sentido. Pero advertía que ésta no es una ética política. Sólo
sería capaz de poner límites a la ética política. La segunda pretende ser ética
política, pero tampoco lo consigue, porque, al fin y al cabo, sólo lleva a
privar a las cosmovisiones políticas de su comprobación racional, y a exigir a
su servicio una libertad de actuación ilimitada. Es por tanto, fanatismo en el
sentido auténtico del término.
La distinción entre las dos formas de «ética de la
convicción» nos permite diferenciar también dos formas de fundamentalismo. El
fundamentalismo es una postura esencialmente apolítica, porque el espacio de lo
político es el espacio de la mediación, de la relativización funcional, de la
ruptura con todas las exigencias de incondicionalidad. La absolutización del
punto de vista político, la interpretación de todas las realizaciones humanas
a través de su función política positiva o negativa es la característica del
totalitarismo. Todo totalitarismo es antifundamentalista, aunque a menudo tenga
un origen fundamentalista. Pero su antifundamentalismo no significa nihilismo,
porque para la «humanidad común» podría decirse: cualquier persona es
fundamentalista en algo. Hay símbolos de lo incondicionado que, aunque de
naturaleza finita, contienen una exigencia incondicional para los seres finitos.
Sin tales símbolos, la incondicionalidad se convierte en una palabra vacía y
el hombre en un ser despreciable para el que nada es «sagrado», es decir, al
que todo le está permitido.
Por otra parte, lo incondicionado se presenta como objeto de
respeto, no de imposición. Una política que impusiera los derechos humanos
nunca podría tener la misma incondicionalidad que el mandato moral de respetar
esos derechos.
El análisis de estos temas es antiguo. Está expuesto
insuperablemente en dos tragedias griegas, la Antigona de Sófocles y la
Orestiada de Esquilo. Antígona es el prototipo insuperable de una
fundamentalista negadora del discurso. La obligación de enterrar a su hermano
se basa en una ley inmemorial de los dioses, que a la vez responde a la ley del
corazón: «No estoy aquí para odiar, sino para amar.» Creón, el rey,
fundamenta su prohibición en razones de Estado. Su insolencia radica en imponer
un cálculo racional que no respeta como medida aquello que es más antiguo y «más
fundamental» que el sistema político. Sin embargo, todavía no ha caído en la
trampa de Hobbes de devaluar la frase «hay que obedecer más a Dios que a los
hombres», declarándose como soberano y único intérprete auténtico de ese
mandato divino. Pero en este caso el fundamentalismo que encierra esa frase,
igual que el que hay detrás del comportamiento de Antígona no es directamente
amenazador, desde el punto de vista político, por cuanto da pie a acciones sin
duda desobedientes, de resistencia activa, de rebelión, pero no políticas.
Antígona no quiere que su hermana Ismene tome parte en la
empresa La actuación política sólo tiene sentido cuando es eficaz. Y sólo
puede ser eficaz cuando sigue las leyes de la lógica política, cuando se
aventura fuera de los muros de la fortaleza inexpugnable del fundamentalismo La
tragedia clásica tiene también una obra maestra sobre el trato político legítimo
con el fundamentalismo: la Orestiada de Esquilo. El poder político, el poder
fundador de la polis de la paz, aparece aquí en la figura de Atenea, que ante
el Areópago deposita su voto en la balanza a favor de Orestes, asesino de su
madre: hay que poner fin a la cadena de muertes Pero las furias Erinias rugen.
No quieren sacrificar su derecho fundamentalista y feminista a la vindicación
del asesinato, a la nueva lógica de la paz. En realidad, Atenea no impone el
derecho a las Erinias, sino que intenta, con éxito, apaciguarlas. Las invita a
permanecer en la ciudad como «Euménides», como diosas benéficas, «despolitizadas»
por así decirlo, y liga el bienestar de la ciudad a que estas diosas, que son más
antiguas que ella misma, tengan siempre un lugar sagrado en su seno. Al ser
privadas del poder político, su presencia se convierte en una garantía de que
lo político no perderá su mesura y su respeto a lo «sagrado», que precede a
toda política y que ella misma no puede generar.
Revista Atlántida, Junio 1992
Con
autorización de: www.encuentra.com
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