| |
OTROS TEMAS
Relativismo
teológico: un nuevo reto para la fe Fundamentalismos Nadie
tiene derecho a imponerme sus valores ¿Poseedores
de la verdad?
PROGRAMAS
Ejercicios
interactivos
Un CD con ortografía, cálculo, lecturas, poesías, adivinanzas, técnicas
de estudio orientación y mucho más.
www.aplicaciones. info/cd7ei.htm Técnicas
de estudio
Ejercicios de subrayado, esquemas y repaso con el ordenador.
www.aplicaciones. info/cd1te.htm |
|
|
¿Qué es el relativismo?
¿Tu y yo tenemos verdades distintas? ¿Tiene alguien derecho a imponerme
sus valores? Conoce el peligro de aceptar una tendencia que considera
inexistentes las normas de conducta universales para todos los seres humanos
“Las condiciones de supervivencia de la humanidad no están
sujetas a votación: son como son”. Robert Spaemann
¿Existen valores absolutos?
Cuenta Peter Kreeft que un día, durante una de sus clases de
ética, un alumno le dijo que la moral era algo relativo y que él como profesor
no tenía derecho a imponerle sus valores.
Bien –contestó Kreeft, para iniciar un debate sobre
aquella cuestión–, voy a aplicar a la clase tus valores y no los míos. Tú
dices que no hay valores absolutos, y que los valores morales son subjetivos y
relativos. Como resulta que mis ideas personales son un tanto singulares en
algunos aspectos, a partir de este momento voy a aplicar esta: todas las alumnas
quedan suspendidas.
El alumno se quedó sorprendido y protestó diciendo que
aquello no era justo.
Kreeft le argumentó: ¿Qué significa para ti ser justo?
Porque si la justicia es sólo mi valor o tu valor, entonces no hay ninguna
autoridad común a nosotros dos. Yo no tengo derecho a imponerte mi sentido de
la justicia, pero tú tampoco puedes imponerme el tuyo...
Por tanto, sólo si hay un valor universal llamado justicia,
que prevalezca sobre nosotros, puedes apelar a él para juzgar injusto que yo
suspenda a todas las alumnas. Pero si no existieran valores absolutos y
objetivos fuera de nosotros, sólo podrías decir que tus valores subjetivos son
diferentes de los míos, y nada más.
Sin embargo –continuó Kreeft–, no dices que no te gusta
lo que yo hago, sino que es injusto. O sea, que, cuando desciendes a la práctica,
sí crees en los valores absolutos.
No me impongas tu verdad
Los relativistas y los escépticos consideran que aceptar
cualquier creencia es algo servil, una torpe esclavitud que coarta la libertad
de pensamiento e impide una forma de pensar elevada e independiente.
Sin embargo –como decía C. S. Lewis–, aunque un hombre
afirme no creer en la realidad del bien y del mal, le veremos contradecirse un
momento más tarde en la vida práctica. Por ejemplo, una persona puede no
cumplir su palabra o no respetar lo acordado, arguyendo que no tiene importancia
y que cada uno ha de organizar su vida sin pensar en teorías. Pero lo más
probable es que no tarde mucho en argumentar, refiriéndose a otra persona, que
es indigno que haya incumplido con él sus promesas.
Cuando los defensores del relativismo hablan en defensa de
sus derechos, suelen desprenderse de todo su relativismo moral y condenar con
rotundidad la objetiva inmoralidad de quien pretenda causarle daño. Y si
alguien les roba la cartera, o les da una bofetada, lo más probable es que
olviden su relativismo y aseguren –sin relativismo ninguno– que eso está
muy mal, diga lo que diga quien sea (sobre todo si lo dice el ladrón o agresor
correspondiente). Porque si la palabra dada no tiene importancia, o si no
existen cosas tales como el bien y el mal, o si no existe una ley natural, ¿cuál
es la diferencia entre algo justo o injusto? ¿Acaso se contradicen al mostrar
que, digan lo que digan, en la vida práctica reconocen que hay una ley de la
naturaleza humana?
El relativismo, al no tener una referencia clara a la verdad,
lleva a la confusión global de lo que está bien y lo que está mal. Si se
analizan con un poco de detalle sus argumentaciones, es fácil advertir –como
explica Peter Kreeft– que casi todas suelen refutarse a sí mismas:
- "la verdad no es universal" (¿excepto esta
verdad?);
- "nadie puede conocer la verdad" (salvo usted, por
lo que parece);
- "la verdad es incierta" (¿es incierto también
lo que usted dice?);
- "todas las generalizaciones son falsas" (¿ésta
también?);
- "no puedes ser dogmático" (con esta misma
afirmación estás demostrando ser bastante dogmático);
- "no me impongas tu verdad" (tú me estás
imponiendo ahora tus verdades);
- "no hay absolutos" (¿absolutamente?);
- "la verdad sólo es opinión" (tu opinión, por
lo que veo).
- Etcétera ad nauseam.
El boxeador que nunca sube al “ring“
Cuando uno dice que es muy difícil o casi imposible saber lo
que es verdad o mentira, o lo que es bueno o malo, porque asegura que todo es
relativo, adopta una cómoda postura en la que apenas necesita argumentar nada.
Elude cualquier debate o discusión seria, porque niega su presupuesto. Por eso
decía Wittgenstein que es como un boxeador que nunca sube al “ring”.
En vez de subir al “ring”, lo que suele hacer en la práctica
es meter de tapadillo, en un descuido retórico, su propia verdad y su propio
concepto de bien. Porque también él guarda muchas certezas, aunque quizá no
las advierta por estar demasiado ocupado en acusar a los demás de dogmatismo.
Lo que el relativista
suele mirar con sospecha
no son las certezas,
sino más bien
las certezas de los demás.
¿Se dejarían operar por un cirujano si no estuviera seguro
de su competencia? ¿Se subirían a un avión de una compañía aérea que
manifestara incertidumbres sobre la seguridad del vuelo? Todo hombre, por
naturaleza, busca siempre certezas.
Según Christopher Derrick, la apoteosis del relativismo
puede deberse a esa impresión –vaga, pero persuasiva– de que expresar duda
es un signo de modestia y de democracia, mientras que hablar de certidumbres se
considera algo dogmático y casi dictatorial.
Sin embargo, el relativismo no puede llevarse hasta sus últimas
consecuencias. Por eso Ortega decía que
El relativismo es una teoría suicida,
pues cuando se aplica
a sí misma, se mata.
La mayoría de las veces,
el relativismo es una especie
de pose académica,
una cómoda evasión de la realidad.
¿Da lo mismo una religión que otra?
Charles Moore, director del Sunday Telegraph, relató hace
unos años su conversión al catolicismo.
Moore buscaba la religión verdadera, ante el asombro de sus
amigos que le decían que daba igual una religión que otra, y que lo único
importante era el deseo de hacer el bien. Él disentía completamente y
replicaba: «Eso sería como si unos médicos se reunieran en torno a un
paciente y concluyeran: “Bueno, todos queremos que mejore, así que todos los
tratamientos que propongamos serán igualmente buenos”. Sin embargo, es
evidente que no sucede así. Dar con el tratamiento adecuado puede ser cuestión
de vida o muerte.»
Es cierto que personas de religiones distintas reciben de sus
creencias aliento y enseñanza para ser mejores. Todas las religiones distintas
de la verdadera contienen y ofrecen elementos de religiosidad, que proceden de
Dios, y que reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los
hombres. Pero deducir de eso que todas las religiones son iguales, o que da
igual una que otra, sería mucho deducir.
A la hora de elegir religión, hay que preguntarse sobre todo
qué puerta es la verdadera, no cuál es la que más nos gusta por sus adornos o
atractivos externos.
No basta la buena intención,
pues no se puede olvidar
cuánto mal ha sucedido en la historia
en nombre de opiniones
e intenciones buenas.
Cada hombre tiene la obligación –y también el derecho–
de buscar la verdad en materia religiosa, a fin de que, utilizando los medios
adecuados, llegue a formarse rectos y verdaderos juicios de conciencia.
—Entonces, lo que importa para salvarse es vivir de acuerdo
con la propia conciencia.
Cuando se habla de vivir de acuerdo con la conciencia,
algunos lo entienden como un simple vivir conforme a lo que cada uno
subjetivamente piensa, como si en las cuestiones religiosas y morales no hubiera
nada objetivo. Pero no siempre basta con seguir la conciencia, pues a veces su
voz puede ser ahogada, o puede ser errónea. Por ejemplo, Hitler escribió pocas
horas antes de morir que no se arrepentía de nada, que de nada pedía perdón
porque afirmaba seguir de buena fe su conciencia...
La conciencia no es un simple reducto del subjetivismo, sino
el lugar donde se da la apertura del hombre hacia la verdad, hacia Dios. El
hombre, si busca, tiene posibilidad de conocer el camino que le conduce a la
verdad.
Y obedecer a la conciencia en ese camino puede exigir un
notable esfuerzo. Supone no dejarse guiar sólo por lo que a uno le apetece,
sino mirar alrededor, purificarse y tener el oído atento a la escucha de la voz
de Dios para ponerse en camino hacia la verdad.
Solamente así se puede entender en qué consiste la grandeza
de la fe. Y las diferentes religiones pueden suministrar elementos que nos
conducen hacia ese camino, pero también nos pueden desviar de él.
—¿Entonces, la Iglesia no admite que el cristianismo sea
una vía de salvación entre otras muchas?
La Iglesia sostiene que Jesucristo no es un simple guía
espiritual, o un camino más hacia Dios entre otros muchos, sino el único
camino de salvación.
—¿Y eso no es una afirmación un poco arrogante por parte
de la Iglesia?
Pienso que no. Lo natural es que un creyente musulmán
reconozca a Mahoma como profeta, o que un fiel hebreo escuche la Torâh como la
palabra de Dios. Lo que dice la Iglesia católica no supone menosprecio ni falta
de consideración hacia otras confesiones religiosas. Dice que Jesucristo es el
único camino de salvación, pero también dice claramente que Dios salva a los
no cristianos que se hacen merecedores de ello.
La salvación –por decirlo de un modo un tanto informal–
es monopolio de Dios, no de los cristianos. Dios da a todos los hombres luz y
ayuda para salvarse, y lo hace de manera adecuada a la situación interior y
ambiental de cada uno.
Con
autorización de: www.encuentra.com
|
|
|
SECCIONES
Página principal Educar
los sentimientos Artículos
de educación 1 Artículos
de educación 2 Temas
de actualidad 1 Temas
de actualidad 2 Tolerancia Didáctica ENLACES Interrogantes Encuentra Solo
hijos Educación y
familia Aceprensa Conoze
|
|