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A vueltas con el
crucifijo
Recuerdo que, hace algunos años,
un grupo de diputados españoles, amparándose en confusas razones ideológicas,
exigió que se retiraran los crucifijos de las escuelas, y hasta amenazó con
interponer recurso ante el Tribunal Constitucional, si el Gobierno se negaba a
acatar su solicitud. Ahora, para demostrar que los extremos se tocan, la Liga
Norte italiana propone que se exija por ley la presencia de crucifijos en todas
las aulas escolares, así como en estaciones de ferrocarril y aeropuertos; con
esta imposición, el partido de Umberto Bossi pretende responder a la «insolencia»
mostrada por los musulmanes. De este modo, la Cruz vuelve a ser enarbolada como
garrote de infieles, como instrumento de hostilidad y exclusión; como si la
Historia no nos hubiese enseñado cuáles son las consecuencias de las guerras
de religión. Para quienes hemos elegido la Cruz como asidero de nuestras
zozobras descubrimos en la propuesta de Umberto Bossi, además, una índole sacrílega.
Pues la Cruz es una invitación a la concordia, un signo redentor que abraza el
sufrimiento de los hombres; cuando esa vocación primigenia de la Cruz se
tuerce, o es suplantada por una coartada belicosa, Dios vuelve a ser
crucificado.
Allá en mi ciudad levítica, llegué a aprender de memoria
un poema de mi paisano León Felipe, que desde entonces guardo en mi
devocionario particular. Rezaba así: «Más sencilla, más sencilla. / Sin
barroquismo, / sin añadidos ni ornamentos, / que se vean desnudos / los
maderos, / desnudos / y decididamente rectos. / Los brazos en abrazo hacia la
tierra, / el astil disparándose a los cielos. / Que no haya un solo adorno /
que distraiga este gesto, / este equilibrio humano / de los dos mandamientos. /
Más sencilla, más sencilla; / haz una cruz sencilla, carpintero». No creo que
sea posible compendiar con palabras más elementales y austeras el significado
de la Cruz y su doble vocación humana y divina. Los brazos en abrazo hacia la
tierra, esto es, vueltos hacia la humanidad que sufre, en actitud hospitalaria y
confortante; el astil disparándose a los cielos, con esa sed de misterio que
empuja al hombre a vislumbrar la presencia de Dios entre las tinieblas de la
desesperación. León Felipe no era, desde luego, el prototipo del poeta
beatorro y meapilas. Pero entendió que en esos dos maderos cruzados quedaban
registrados, en una síntesis escueta, los dos anhelos más enaltecedores del
hombre, el «equilibrio de los dos mandamientos». Podría haber escrito un
poema en que la Cruz representara los episodios de fanatismo y barbarie que los
cristianos hemos protagonizado, a lo largo de los siglos; pero prefirió
recuperar su mensaje prístino, celebrando la grandeza de aquel hombre
entreverado de Dios que murió defendiendo sus palabras -sencillas como la misma
Cruz- frente a la ira de los fanáticos.
Los episodios del Evangelio que más nos conmueven son
aquellos en los que Jesucristo infringe el código de exclusiones imperante en
la sociedad de su tiempo. Cuando, sentado al pie de la fuente de Jacob, le
suplica a una samaritana que le dé un poco de agua, Jesús nos anticipa la
universalidad de su misión, que alcanza su apoteosis trágica en el Calvario.
«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí? -le pregunta, perpleja,
la mujer samaritana, que se apresta a llenar de agua su cántaro-. Porque judíos
y samaritanos se aborrecen». Los samaritanos, que se negaban a adorar a Yavé
en el templo de Jerusalén, eran unos apestados sociales. No puedo imaginar, sin
embargo, a Jesús imponiéndoles por decreto la veneración de un símbolo que
nos recuerda el barro del que procedemos, la luz a la que aspiramos y, en
definitiva, toda nuestra genealogía de culpa y redención. Convertir ese símbolo
en un cachivache de uso obligatorio quizá sea la forma más obscena de negar su
vigencia; sería como volver a matar al hombre entreverado de Dios que lo
enalteció con su sangre.
Juan Manuel de Prada,
ABC, 21.IX.02
Con autorización de:
www.interrogantes.net
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